El mar estaba tranquilo ese día,
como si también él hubiera decidido callar por respeto.
El muelle olía a madera vieja, sal y espera.
A un lado, el edificio del apostadero seguía en pie,
con su nombre firme, como si nunca hubiera dejado de vigilar despedidas.
Ella llegó primero.
No corrió.
No hizo falta.
Porque hay momentos en los que el cuerpo ya sabe
que lo inevitable no necesita prisa.
Se detuvo frente al mar,
como si estuviera comprobando que el pasado no era una invención.
Que el tiempo realmente había pasado.
Que los catorce años eran reales.
Entonces lo vio.
El marinero caminaba despacio,
como quien regresa de un lugar donde no se aprende a olvidar.
Su uniforme aún tenía la disciplina de otros tiempos,
pero su mirada no.
Esa mirada había viajado más que él.
Se quedaron quietos.
No hubo palabras al principio.
Solo ese instante absurdo en el que el mundo parece demasiado pequeño
para lo que dos personas están sintiendo.
El viento pasó entre los dos
como si también recordara.
Él dio un paso.
Luego otro.
Y ella no se movió,
porque había esperado demasiado tiempo como para romper el instante.
Cuando por fin estuvieron cerca,
no se dijeron nada importante…
porque lo importante ya estaba ocurriendo.
El abrazo no fue un gesto.
Fue un reconocimiento.
Como si los cuerpos dijeran lo que la vida había interrumpido:
“aquí seguimos”.
Ella:
Creí que te había olvidado.
Me lo repetí tantas veces… como si decirlo pudiera hacerlo verdad.
Y aun así, aquí estás. Otra vez.
Él:
Yo también lo creí.
Creí que aprendería a vivir sin ti,
pero hubo días en que tu ausencia era más fuerte que el resto del mundo.
Ella:
Nos perdimos en el peor momento posible…
cuando todavía éramos nosotros.
Y eso no se supera, solo se aprende a esconder.
Él:
Yo no aprendí a olvidarte.
Aprendí a sobrevivir con tu nombre dentro.
Eso fue lo más cerca que estuve de seguir adelante.
Ella:
Hubo un océano entre nosotros…
pero lo peor no fue la distancia,
fue el silencio.
Él:
El silencio fue lo único que supimos hacer bien.
Porque si hablábamos… nos rompíamos otra vez.
Ella:
Y ahora… ¿qué somos?
Después de tanto tiempo… ¿qué se supone que hacemos con esto?
Él:
No lo sé.
Pero sé lo único que nunca cambió:
yo no dejé de amarte.
Ella:
Yo tampoco.
Y eso es lo que da miedo.
Porque el amor sigue aquí… como si el tiempo no hubiera pasado.
Y entonces se besaron.
No como en los recuerdos.
No como en los sueños.
Sino como en la vida real,
donde el amor no es perfecto, pero sí verdadero.
Detrás de ellos, el apostadero seguía ahí,
testigo de todo lo que no se había perdido del todo.
Y el mar…
el mar, por primera vez en años,
no parecía separación.
Parecía regreso.
Escrito por Carmen Teresa Macareño Aisse
en Budapest, el 14 de abril de 2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario